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Mostrando entradas con la etiqueta Duende Verde. Mostrar todas las entradas
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Aethel y Erat iban escondiéndose por la vera del camino, y Aethel, en su sabiduría de cartógrafo........ estaba perdido.

- Perdón, es que siempre hice los mapas, pero soy malísimo orientándome.

- Vos caminá, y ya vamos a encontrar a alguien para preguntarle direcciones.

- Macho que se respeta, no pide direcciones.

- Esto es tu culpa, no debí dejarte manejar.

- No vi el árbol, que le voy a hacer.

- Caminá y cerrá el pico.

Me pude dar cuenta sin mucho esfuerzo, que Erat estaba de mal humor. Pero eso no era extraño, vivía de mal humor.

En un momento, llegamos a un parador de hovers. Fui a preguntar yo, ya que un enano forrado en armas iba a levantar sospechas. Y, más si estaba malhumorado, ante una mala actitud, seguro que rodaban cabezas.

Entro tranquilamente, y, ante mi grata sorpresa, me encuentro con un parador repleto que bailaba y festejaba.

- Barman, ¿que se conmemora?

- El alto al fuego entre Miramar y Lapislázuli.

- Mis felicitaciones.

- ¿Eres extranjero?

- Ah, si, ¿por el acento?

- Si, claro, ¿de dónde vienes?

- De Istala.

Repentinamente, todo quedó en silencio y las miradas se voltearon hacia mí.

- Eeeehhhh, ¿qué pasó?

- ¿Istala?

- Si, ¿pasa algo?

- ¿No escuchaste el CMN –Centro Medieval de Noticias?

- No, hace días que estoy de viaje

- Siéntate amigo, que tengo malas noticias.

El tabernero sirvió una buena jarra de cerveza de raíz y me la entregó.

- Cortesía de la casa

- Por favor, no me dejes con la intriga...

- La Guardia Ministerial... en su búsqueda de un fugitivo que acompañaba a la Reina Werdara de Avatar, mató a todos los hombres de la ciudad, y prendió fuego las casas, con mujeres y niños dentro de ellas.

Esto era mi culpa. Me senté en el taburete, y perdí mi mirada en el vacío. Estuve estupefacto una hora aproximadamente, hasta que vi entrar a Erat por la puerta.

- ¡¡Esto es tu culpa!! – le grité, y le lancé el taburete que estaba a mi lado con todas mis fuerzas.

Sacó el hacha raudamente, y cortó el banco en dos.

- Vámonos, ¿qué, acaso querés que te mate?

- Ya no me importa

La gente que estaba alrededor nuestro se pegaba a la pared, deslizándose por ella, hasta llegar a la puerta, y así salían corriendo lo más veloz y humanamente posible, para no ser parte de la carnicería.

- ¿Cómo que no te importa? ¿Tenés un callo en el cerebro?

- Mátame, ya no me importa, ¡¡esto es tu culpa!! – y le lancé mi jarra.

- Estás borracho, vámonos.

El barman, que estaba escondido debajo de la barra, le pasó una nota a Erat soslayadamente, explicándole la situación, y salió corriendo.

Erat leyó la nota, y comprendió la situación. Desde ese momento en adelante, nunca más me amenazó de muerte, y comenzó a respetarme.

- Vamos Aethel, tranquilo, solucionaremos esto juntos

Sollozando, salí del parador, con un poco más de tranquilidad, y empecé a caminar, sin expresar ni una palabra. Erat, después de que yo saliera, tomó un mapa del mostrador, y salió caminando respetando mi dolor.

Así pasamos unos días, caminando y descansando a la vera del camino, hasta que el paisaje comenzó a tornarse azul, azul el follaje, azules los pájaros.

- Estamos llegando –fueron las primeras palabras de Erat en días.

- Es muy azul todo.

- Se hizo azul después de la maldición de un hechicero que vivía en estas tierras, y a quien se lo prendió fuego pensando que era un vagabundo ebrio. Después de ese hecho, nunca más se prendió una fogata en este Reino, ni debemos hacerlo nosotros para llamar la atención.

- Está bien.

Después de unos días de caminata, vimos a dos caballeros, vestidos de armaduras de plata y unas capas turquesas. Al vernos, se detuvieron.

- Aethel y Erat, ¿no?

- Si, somos nosotros –espetó Erat, poniendo mano en su hacha, listo para el combate.

- Vengan con nosotros, el Rey Octavio y la Reina Werdara de Avatar los solicitan en su audiencia.

- El Rey Octavio está muerto – dijo Erat desenvainando el hacha.

Rápidamente, ambos caballeros lograron desarmarlo, y nos llevaron a punta de espada al Palacio de Ishvir.

Octavio, en su despiste natural, salió de la cocina pensando que era el baño, y se metió en el cuarto de su occisa amante, pensando que era su mujer.

Werdara, al escucharlo gritarle –Werdara ¡¿por qué no me respondes?! – caminó hasta el final del pasillo, y al ver a Octavio sacudiendo al cadáver, entró a desternillarse de risa.

- Mi amor, estoy aquí en el umbral de la puerta.

- Ay, ¿y ésta quién es?.

- Tu amante.

- Puajj – saltó velozmente de la cama.

Acto seguido entró un Guardia Real.

- Sus Majestades, han llegado sus invitados.

- Gracias Arnold, encárgate de limpiar eso ¿quieres?

- Si mi Reina- y Arnold tomó las piernas de la muerta y empezó a arrastrarla fuera del cuarto.

- ¿Vamos mi amor?

- Si, claro.

Y partieron a la Sala de Plata, donde esperaban Aethel y Erat con impaciencia.

El Rey, despistado como era, se levantó de su cama, y sin los lentes, en vez de ir al baño, fue hasta la cocina. Con gran asombro de los cocineros, el Rey se bajó los lienzos e hizo sus necesidades en la olla del caldo que había quedado apoyada en una banqueta.

Ni bien terminó, tomó un tenedor del posacubiertos, de la manga de repostería sacó algo de crema helada para su tenedor, y se cepilló los dientes. “Qué sensible de las encías que ando” sentenció, y regresó a su dormitorio para terminar de vestirse.

Llegó al vestidor, se puso sus ropas reales color verde limón –a lo que el Asesor de Imagen Real salió corriendo atrás del Rey para ayudarlo a cambiarse, el verde limón no favorece a los gorditos-, y se encaminó hacia los jardines.

El Rey era despistado, pero no boludo. En los jardines se encontró con la ama de llaves, que era su amante. Y como siempre, cada vez que se encontraba con ella, dejaba a un doble encargándose de los asuntos del Reino (conferencias aburridas que sólo le provocaban tedio).

Lo que nadie sabe, es que el que murió era el doble del Rey, por hacerle la gamba.

Al enterarse el Rey de que lo habían matado, se fugó al Reino Lapislázuli, y ahí se enteró de que su mujer estaba en fuga, y la mandó capturar.

La Reina Werdara, una vez llegada al Reino, maldijo a toda la Guardia del Reino Azul, a sus madres, a sus hermanas, a sus tías, y a sus loras –era costumbre del Reino tener papagayos azules de mascotas-.

Pero harta sorpresa se llevó al ver al Rey Octavio, comiendo pavo a destajo. No sólo efectivamente respiraba, sino que además comía a lo animal.

- ¿Qué hacés amor? – le espetó Werdara, pensando que por su culpa no podía dormir en su camita en Avatar

- Nada, creo que Felipe te estaba buscando

- Si, ya sé, está buscando nuestra cabeza

- Mmmmm, más bien está buscando la tuya –le devolvió el comentario con sorna.

- Eeeehhhh, esteeeeeee

- Te mandé capturar para salvarte, tonta.

Werdara cambió la mirada de odio, por una de ternura. Después de años de un matrimonio disfuncional, todavía se preocupaba por ella. Pero no le duró mucho.

- No necesitaba ser salvada

- Ah, no capaz que no, saliste en la CMN (Centro Medieval de Noticias, querido lector)

- ¿En serio? ¿Y salí bien en la foto? – dijo riéndose irónicamente

- (Carcajadas) Qué mujer boludaaaaaa

De alguna manera, Octavio se dio cuenta de que todavía amaba a su mujer. Caminó lentamente hacia ella, posó su mano en la cintura, y la besó suavemente en los labios. Luego volvió a abrir sus ojos, y la miró fijamente. Ella corrió su mirada, y luego lo volvió a mirar. Esa mirada azul perlado seguía fija en ella, y se dejó llevar por amor y deseo hacia la alcoba.

Lo que sucedió en la siguiente hora y media no les importa.

Desperezándose, Octavio la abrazó por detrás y le susurró al oído:

- Necesito tu ayuda.

- ¿Mi ayuda? – Lo miró, como decepcionada por la situación.

- Quiero volver a reinar contigo, pero para eso hay que ponerle a nuestro hijo los puntos sobre las íes.

- O devolverlo al calabozo...

- Daraaaa.....

- ¿Queeeeeeé?

Él la volvió a besar, entre risas de ambos. Y durante la siguiente media hora pasó algo similar a la hora y media anterior.

Vueltos a despertar, ella le explicó que si quería volver a subirse al trono, iba a necesitar la ayuda de Erat y Aethel. El le explicó que le dejaba a ella todos sus recursos a disposición si ella podía hacerse cargo de la situación, ya que oara el mundo el Rey Octavio había muerto.

- Yo por mi parte moveré mis contactos e intentaré armar una resistencia. Pero intenta hablar con tu hijo, y que no te maten en el intento.

- ¿Ahora es sólo mi hijo? (Risas). Siempre y cuando esto se repita.

- Nuestro hijo –se miraron ambos con cara de complicidad-, créeme, esto se va a repetir.

- Ah, me olvidaba de algo – dijo Werdara con su mejor cara de venganza.

- Dime mi amor

- ¿Puedo matar a tu amante?

- ........................

- Daaaleeeeeee

- Una muerte rápida, regálale eso, fue una buena ama de llaves.

- ¿¿El ama de llaves??

Werdara se levantó de un salto de la cama, se puso su salto de cama, salió a los pasillos, mandó traer un arco y flecha. A la llegada de la susodicha arma, fue corriendo hasta el cuarto de la amante, y la asestó de un flechazo en la mitad de la frente mientras dormía.

Volvió al cuarto, se dio una ducha y volvió a la cama, feliz de haber cerrado esa etapa. Y feliz de que al fin hubiera un Rey dentro de Octavio.

Al fin y al cabo llegamos a Miramar. Es un distrito en el que nunca se oculta el sol, y está prácticamente rodeado de mar por un lado y montañas del otro.

Cuando llegamos, era lo que sería nuestra noche, sólo que allí sólo existe el día, pero se lo llama al día “and” y a las otras doce horas “und”.

Brinken era un largo trecho desde allí, pero no nos quedaba otra que cruzar ese distrito a plena luz del día. O de “und”, para los locales. Aún así, este distrito sureño me caía simpático, sobre todo por el simple hecho de que por lo general vengo a veranear aquí.

Empezamos a manejar sobre la verde hierba, casi sin cuidado, confiados en que la suerte estaba de nuestro lado. Pero descuidarse en nuestra situación era de lo menos oportuno. Sobre todo, cuando de atrás de los árboles, saltó un Guardia Vial. Teníamos miedo de que hubieran hecho circular nuestro daguerrotipo por ahí.

- Señor, detenga el hover, por favor.
- ¿Algún problema oficial? – respondió Erat
- ¿Qué hace un niño al volante?
- (Me tiene que estar jod....) No soy un niño –La cara de Erat era de un rojo carmesí
- Papiro de conducir

Erat, perdiendo la paciencia, iba sacando lentamente su katana. Lo detuve con la mirada, y empecé yo a convencer al oficial.

- Oficial, errr, ¿cuánto dice usted que necesita para olvidarse del asunto y que yo empiece a manejar?
- MMmmmmmmm, ¿me está queriendo sobornar?
- Muy taimadamente, oficial
- Y digamos que con unos 200 doblones arreglamos.

Erat y Werdara me miraron advirtiéndome que no teníamos esa cantidad de dinero. Lo miré a Erat y le dije “Bue, dale con fe, arráncale la cabeza”. En un pestañear de ojos, el chiquillo desenvainó su katana, e hizo rodar la cabeza del oficial por el suelo. Metimos el cadáver junto con la cabeza en el fondo del hover, lo cubrimos con paja, y ni bien encontramos un circo por el camino, lo dejamos en una jaula –el cuidador hizo la vista gorda sólo por 5 doblones-. Los leones agradecidos.

Seguimos camino unos seis días, sólo descansando para comer y dormir al borde del camino, y luego seguir. Al principio de “and” del séptimo día, me di por vencido.

- No terminamos de cruzar más este distrito de porquería. Aparte llevamos días a pleno rayo del sol, estoy insolado, cansado, deshidratado, presionado, y amenazado de vida. Si querés matarme, dale con fe.
- No te voy a matar, porque quiero llegar de una vez, y si no, no tengo idea. Pero porque no te puedo matar no significa que no te pueda mutilar para que cooperes.
- Enano bastardo.

Y yo también me lo busqué. En medio segundo, me rapó la parte de arriba de mi cabeza de un espadazo.

- La próxima, no va a ser el pelo, voy a ir de a una falange de cada uno de los dedos.
- Ok, ok, enano idiota y malhumorado.
- ¿Me parece a mí o te la estás buscando de nuevo?
- Noooo, no dije nadaaaaaa.
- Ah, me pareció.

De repente miramos a ambos lados, y Werdara no estaba más con nosotros. Buscamos y buscamos por todos lados, pero no apareció.

- Eso me pasa por hablarte, ¡camina! – me gritó Erat con vehemencia
- No es mi culpa
- Ya cállate.

Y así volvimos a subirnos al hover, y empezamos a buscarla por todos lados, y seguía sin aparecer. El que la reina no estuviera, hacía que el ir a Brinken fuera cada vez menos importante, y junto con esa importancia caía la importancia de mi vida. Así que sin falta debía encontrar a la reina.

Nuevamente nos cruzamos con la Guardia Ministerial, pero estaban como apurados yendo en dirección contraria a la nuestra, y a toda velocidad.

- ¿Qué estará pasando? – pregunté, pero ya adivinando la respuesta.
- No lo sé, pero algo me dice que la Reina está allí
- Entonces ahí vamos.

Y así emprendimos nuestro camino hacia el Reino Lapislázuli.

(próxima entrega: Capítulo II – De cómo no murió el Rey de Avatar)

El tiempo pasaba muy lento, nos mirábamos fijamente el uno al otro sin cruzar una sola palabra.

¿Por qué no tomamos la carretera para llegar más rápido? Era como si quisiera hacerme sufrir. Y yo que estaba tan tranquilo mirando las nubes.

- ¿Cómo me encontraste?
- Una gitana me dijo que estabas fuera de una ciudad amurallada, y las recorrí todas, hasta que te encontré.
- Porque son un montón.

Me miró con desdén. Que lo parió, encima que me hace irme cuando estaba a punto de dormir la siesta, todavía no se banca mi sarcasmo. Ah, Istala es una de las dos ciudades amuralladas que hay, en todo el mundo.

En un punto, se puso a cantar “I will survive” a coro con el cassette de Gloria Gaynor. No sólo pensé que me moría, el viaje se me hizo tortuoso.

Cuando llegamos a la puerta del bosque de Aramandal, frenó el auto, y exclamó que ese era nuestro destino. Pero no nos adentramos en el bosque, sino que lo bordeamos hasta llegar al lago de homónimo nombre.

En el lago, estaba esta joven, sumamente hermosa, bañándose de vestido de gala de un color rojo carmesí. “Divina, pero loca como una cabra”, pensé. Al verme, se me acercó cansinamente, miró al hombre entrecano, y le dijo con la mirada que se retirara. Cuando me fui a acercar a ella, se puso a gritar tan fuerte que el petiso sacó una espada (creo que una katana), y casi me corta la cabeza. Casi me viene algo.

Pero ella lo detuvo con la mirada, y me miró recriminándome mi osadía. Entonces agaché la cabeza, y me puse a jugar al sapito en el borde del lago.

Ahí se me acercó el enano, y me dijo que se llamaba Erat. Erat tenía como 114 años, pero era una onda adolescente para la gente de su comunidad.

- Como te dije antes, te necesito.
- ¿Quién es ella?
- La Reina Werdara
- ¿Y eso? ¿Reina de donde?
- No importa, ahora viaja de fugitiva conmigo. Escapó del reino cuando su intento de matar al príncipe ahogándolo fracasó.
- ¡!¿¿¿Cómo???!!
- No es lo que crees, el príncipe había intentado matarla a ella la semana anterior, pero el sirviente que iba a ponerle el veneno en el vaso, se equivocó de vaso, y mató al Rey.
- Mmmmhh, esto del parricidio no me cae.
- Créeme, esto de las muertes de la nobleza es moneda corriente en el reino.
- A todo esto, ¿qué reino?
- ¿Qué importa? El asunto es que te necesito.
- ¿Para qué? ¿Y por qué tendría que ayudar a fugitivos?
- La fugitiva es ella, yo sólo soy su sirviente.
- Da igual
- Ayyyyyyyy

Se tiró en el suelo, como renegando de haberme pedido ayuda a mí. ¿Y en que podría ayudar yo, que no soy ni abogado, ni representante de ningún otro reino, ni nada que se le asemeje?. Ahhh, no veo la hora de dormir la siesta.

- ¿Me podrías decir de qué reino son?
- Del Reino Avatar
- ¿¿¿¿MATARON AL REY DE AVATAR??????
- El príncipe lo mató, y el problema es que sin la reina allí, ahora el príncipe es el Rey.
- ¿Entonces a la Reina se la acusa de regicidio?
- Exactamente
- ¿En qué te puedo ayudar exactamente?
- Tienes que ayudarnos a ir hasta Brinken, ¿tu sabes llegar hasta ahí no? ¿No eres cartógrafo?
- Si, pero nunca fui hasta allí, ni lo cartografié nunca. Alguna vez lo vi en algún libro, pero más que decirte más o menos cerca de dónde queda, no puedo hacer más nada.
- Más te vale que te acuerdes repentinamente, puesto que no puedo dejarte ir, ya que sabes la ubicación de la Reina y su destino. Así que si no te acuerdas, te mato acá mismo.

Qué lo parió, eso me pasa por ayudar. Si no me acuerdo dónde queda ese pueblucho, me matan. Y si me ven con la Reina los de la Guardia Ministerial, también. Así que de cualquier forma me matan.

- ¿Y qué vamos a ir a hacer exactamente en Brinken?
- Cuando lleguemos, te vas a enterar. Mientras, ni una palabra más.

De un sobresalto, nos dimos vuelta los tres para ojear la carretera. Se sentían ruidos de sirenas, y de caballos galopando. ¿Eh? ¡¡¡¡La Guardia Ministerial!!!! Yo no quería estar cerca de estos dos, ¡¡¿QUÉ HAGO?!!.

Nos pasaron de muy cerca, pero no nos vieron.

- Tenemos que irnos –sentenció el hombre-

La reina se cambió sus vestimentas sin pudor ninguno frente a nosotros (QUE BUENA QUE ESTÁ LA REINAAAAAA), y salimos a toda velocidad adentrándonos en el bosque.

Mientras corríamos hacia el bosque, me tropecé y caí al suelo, y justo se detuvo todo, Yo me quedé pegado al suelo –casi como que camuflado-, mientras los de la Guardia estaba no a más de 30 pasos, y la Reina Werdara y Erat ya habían logrado llegar al bosque, pero me vigilaban de cerca.

Merodearon un rato por los alrededores y no tardaron en irse. Una sensación de alivio tuve, que duró dos segundos, porque me acordé de que me iba a matar ese enano comepasto si no llegaba a Brinken.

- Tenemos que llegar al distrito de Miramar, para poder llegar a Brinken, es un poco más largo que ir por el distrito Zapico, pero Zapico está mucho mejor vigilado y tiene leyes muy extrañas.
- ¿Cómo que? – me preguntó Werdara
- Si bailando corrdinas la cabeza con los pies, te cortan la cabeza y los pies.
- Uuuhhh. Mejor vamos por Miramar. Gracias por ofrecerte a hacer esto.
- De nada – Se ve que no había escuchado nada de mi conversación con Erat

Así que la opción que teníamos era seguir adentrándonos en el bosque, y subiendo la ladera empinada de esa montaña, de la que el bosque es la base. Menos mal que íbamos en hover, caminando llevaría una eternidad.

El camino en hover por suerte se hizo más ameno con la presencia de la Reina, bah, a mí se me hizo más ameno, la Reina hablaba con Erat, y yo me miraba a la Reina, así de sencillo.

Tenía unas facciones de lo más delicada, el pelo rojizo, unos ojos celestes de la tonalidad del cielo, y una nariz larga y afilada. No tendría más de treinta años, me imagino que se habría casado muy joven con el Rey. Ahora era una joven viuda a la que consolar –Aethel ¡¡dejá de hacerte la cabeza!! (autorreflexión)-.

(Continuará)

Me dormí mirando el cielo, buscándole formas a las nubes que corrían veloces con el viento.

Al abrir los ojos, encontré a un niño mirándome fijamente.

- ¿Te has perdido?
- Te estaba buscando

Lo miré azorado, buscando alguna conexión entre ambos, pero no logré encontrar ninguna. No lo conocía.

- Creo que me estás confundiendo con alguien más
- ¿Eres Aethel?
- Si
- Entonces es a ti a quien estoy buscando

No lograba salir de mi asombro. ¿Qué podría querer ese niño conmigo?. Con gran pereza me refregué los ojos, y miré bien a mi interlocutor. No era un niño, sino una persona de aproximadamente 1,55m, de ojos grisáceos y pelo entrecano. Seguía sin entender nada.

- ¿Qué es lo que quieres de mi?
- Viajé muchas leguas para encontrarte, el porqué estoy aquí te lo diré en su debido momento. Ahora necesito que vengas conmigo.
- ¿Por qué habría de confiar en ti?
- Porque soy yo quien necesita de tu ayuda.

¿Eh? Cada vez entendía menos. Siempre me molestó tanto misterio.

(Continuará)

No había nada para hacer en Istala, mas que salir a caminar por los caminos empedrados que van por fuera de los muros de la ciudad.

Sin embargo, es poco decir que no había nada para hacer, con todo lo que vivió Aethel cuando volvía a su ciudad natal, caminando por esos mismos caminos empantanados, producto de las incesantes lluvias de los últimos dos meses.

Ah, que sensación de frescura que trae la calma después de la lluvia. Una brisa acogedora, luego de tanto andar y andar.

¿Qué será de Brynn? ¿Habrá llegado a cumplir su sueño?


Voy a empezar a escribir una novela por este medio. Me resulta de lo más interesante, además de que la voy a empezar a escribir a medida de que se me ocurran cosas, y algún día me voy a dedicar a organizarla.

Además la voy a poner bajo la etiqueta “Duende Verde”, porque me hace acordar al juego playero en el que empieza “Veo un duende verde en la ventana” y hay una forma determinada que hace que uno puedan entrar o no a la “fiesta” a la que hay que entrar para poder ganar el juego. Jajaja, no voy a decir como se hace para entrar a la fiesta, no le voy a sacar la gracia al juego.

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